Entre La Salle y La Virginia

Por Juan Antonio Ruiz Romero La celebración del Día de la Independencia Nacional, el viernes pasado, se convirtió en un buen termómetro para analizar algunas de las tendencias que marcan el comportamiento de los ciudadanos, desde sus primeras edades. Desde hace una década, el colegio La Salle de Pereira convirtió dicha fecha en una oportunidad de unir a las familias, alrededor de la fiesta patria, y convertir ese festivo en algo más que una tarde durmiendo televisión. Ha sido tal el éxito de la convocatoria que cada año, el número de participantes en la caravana tricolor aumenta, hasta, como sucedió este año, salirse de control. En un mundo que habla de los impactos del cambio climático y de la necesidad de actuar en forma responsable con el ambiente, vale la pena que la comunidad lasallista reflexione acerca de la conveniencia de sacar más de 200 vehículos a las calles, a una vistosa, pero improvisada caravana, con muchas emisiones de gases contaminantes. Quizás una caminata, con las mismas banderas y entusiasmo, puede reemplazar los automotores y ser mucho más amigable con el planeta. Pero, además, quienes tuvimos la oportunidad de coincidir con la caravana vehicular de La Salle, lamentamos los comportamientos poco apropiados de los jóvenes estudiantes, que en medio de la celebración, decidieron arrojar espuma y maizena a las personas y vehículos con los cuales se encontraban durante el recorrido. Para acabar de completar, unos niños, con el uniforme de La Salle, desde la parte superior de una chiva, terminaron utilizando las astas de las banderas que llevaban, para golpear los techos y vidrios de las busetas alimentadoras de Megabús que ese día se desplazaban hacia Belmonte, Galicia y Cerritos. Más que seguidores de San Juan Bautista de la Salle, fundador de la comunidad y patrono universal de los educadores, parecían miembros de las tan cuestionadas barras bravas de alguno de los equipos de fútbol de la Primera A o la Primera B. Y como si faltara algo, en la parte de atrás de otra de las chivas, varios jóvenes, luciendo la sudadera de La Salle, retaban a las personas que pasaban a su lado, tocándose los genitales, cual “reguetonero” dominicano o puertorriqueño. Algunos kilómetros más adelante, en el municipio de La Virginia, el Día de la Independencia Nacional fue todo lo contrario. Más que una fiesta masiva tricolor, se convirtió en una pálida izada de bandera, con discursos largos, pero hartos, y una muy poco representativa presencia de nuestras fuerzas militares. Lo que se anunció como “la descentralización” de los festejos, se convirtió en una minúscula fiesta, sin brillo ni imaginación, para salir del paso. Si la Policía y el Ejército carecen de personal suficiente para participar en una parada militar en Risaralda, otra en Caldas y otra en Quindío, que hagan una sola, pero los remedos de celebración dejan vacíos y dudas y dolor de patria. El mismo que genera ver a niños, con los medios económicos y las oportunidades educativas, pegándole iracundos con las astas de las banderas a cualquier carro que pasa a su lado.]]>

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