De amoríos y actos inmorales

De amoríos y actos inmorales

Por Juan Antonio Ruiz Romero Por aquellos misterios insospechados de la política internacional, el director de la CIA David Petraeus se vio obligado a renunciar al cargo por una relación extramarital con una ex oficial del Ejército. Caso similar, ocurrió cuando miembros del servicio de escoltas del presidente de EE.UU. Barack Obama fueron destituidos por “irse de juerga” con un grupo de trabajadoras sexuales en Cartagena, en los días previos a la Cumbre de las Américas. En 1987, el entonces senador demócrata Gary Hart, firme aspirante a la candidatura presidencial de su partido, fue demolido públicamente al aparecer en fotografías comprometedoras con una modelo, que como es obvio no era su esposa. El más popular ex presidente demócrata de los EE.UU. Bill Clinton tambaleó y fue enjuiciado por “indignidad en el ejercicio del cargo” y por mentir, estando bajo juramento, por el “affaire” con la becaria Monica Lewinski, que más tarde el reconocería como una “relación impropia”. Incluso, el congresista investigador de la causa contra Clinton en la Cámara de Representantes, el republicano Newt Gingrich tuvo que renunciar más tarde a su curul, luego de admitir una relación extraconyugal con una empleada del Congreso. Todas las historias anteriores muestran como la política y el poder, en la mayoría de ocasiones, funcionan más con la testosterona y la líbido, que con el cerebro. Sin embargo, esos mismos legisladores, altos funcionarios, líderes religiosos y editorialistas que cuestionan profundamente los comportamientos sexuales de sus dirigentes, son los mismos que guardan silencio frente a operativos militares en los cuales, el gobierno y las fuerzas armadas de Estados Unidos comprometen la vida de miles de personas. Ningún Presidente, ningún Secretario de Defensa, ningún integrante del Consejo Nacional de Seguridad de los EE.UU., ningún Director de la CIA, ningún director del FBI, ningún general han sido enjuiciados por los golpes de estado, promovidos y financiados en Chile, Panamá, Granada, ni por las intervenciones militares en Iraq y Pakistán o por el operativo en el cual fueron abatidos Osama Bin Laden y sus escoltas. Incluso los cuestionamientos efectuados por la frustrada invasión a la Bahía de Cochinos en Cuba, durante el gobierno Kennedy, fueron por el fracaso de la misión y no por la violación al territorio soberano de la isla caribeña. Según parece, en la tradición política estadounidense es mucho más inmoral, que un hombre público sostenga un amorío en secreto, que la violación de derechos humanos, la invasión a otro país porque tiene “supuestas armas de destrucción masiva” o la eliminación de un gobierno, por ser “poco amistoso”. Al fin y al cabo, el amorío es individual y se puede señalar. En cambio, las demás acciones son colectivas y se diluyen entre muchos, que terminan siendo infieles a los principios fundacionales de “democracia, libertad y justicia”.]]>

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