La experiencia del Centenario

Por Juan Antonio Ruiz Romero

Para evitar las confusiones que pueda generar el título de esta columna, reitero la intención de referirme a un momento trascendental de la historia de Pereira como fue el Centenario, celebrado con bombos y platillos, en agosto de 1963. La mayoría de historiadores y de quienes ejercen  empíricamente esa profesión por amor a la ciudad, coinciden en que la conmemoración del primer siglo de existencia fue el momento en el cual Pereira consiguió su mayoría de edad, o como dirían en esa época, cuando se “puso los pantalones largos”.

El simple hecho de que el alcalde Lázaro Nicholls contratara, con 8 años de antelación, en enero de 1955, la elaboración del Monumento al Libertador Simón Bolívar, con el escultor Rodrigo Arenas Betancourt, demuestra la anticipación y criterio responsable, con el que se proyectó la celebración centenaria. A partir de ese momento, la unidad libertaria formada por el padre de la patria y su caballo se convirtieron en la más emblemática representación de la ciudad sin puertas.

La escultura, que tiene 14 toneladas de peso y fue fundida en bronce, en el taller de Abraham González Holguín en México, llegó a Pereira en mayo de 1963, luego de una travesía en barco entre Acapulco y Buenaventura. Las fotografías de Don Carlos Drews muestran a centenares de pereiranos que se congregaron en la estación del tren, ubicada en el Parque Olaya Herrera y, a lo largo de la calle 19, hasta la Plaza de Bolívar, en donde, cincuenta años después, permanece altiva y rozagante.

Los festejos del Centenario, organizados por una junta presidida por el alcalde Mario Delgado y de la cual formaban parte personalidades como Camilo Mejía, Jaime Salazar, Enrique Millán y Fabio Zuluaga, incluyeron unas inolvidables comparsas, revista aérea y la elegante presencia femenina, representada por la Reina Lucía Jaramillo.

Después del Centenario, la unidad política de intereses, la credibilidad de la clase dirigente y la cohesión social derivaron en la gesta de creación del Departamento de Risaralda y de la elección de Pereira como sede de los Juegos Atléticos Nacionales de 1974. Todos esos fueron el resultado de pensar en grande, de creer en nuestras capacidades y de luchar por objetivos comunes.

Sin embargo, medio siglo después, parece que esa meta de luchar por objetivos comunes se ha visto afectada por numerosos ruidos y como lo define el ex alcalde Gustavo Orozco, “por una neblina de desconfianza” que pareciera marcar las relaciones entre la administración municipal y la dirigencia gremial.

Eso se refleja en la polémica sobre la Calle de la Fundación. Al alcalde Vásquez le gusta la propuesta de semipeatonalización y con ciclorruta, y lo entiende como la cuota inicial de la ciudad que queremos. Al Comité Integremial y a Risaralda Etica, les preocupa el impacto en la movilidad vehicular, la incapacidad del gobierno municipal frente a la ocupación del espacio público y sobre todo, la improvisación que se percibe alrededor de los proyectos y obras del Sesquicentenario.

Tanto que se denominó ciclopaseo del Sesquicentenario, la inauguración de la Variante Sur Sur; el gerente de Megabús Jorge Alexis Mejía dijo que la integración del Transporte era un regalo para los 150 años de Pereira y algún despistado, preguntó si la Jornada de Sanidad y Milagros del pastor Portela era parte de la programación del Sesquicentenario.

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